|
AI
GIORNALISTI CATTOLICI (7 OTTOBRE 2010) |
Radio
Vaticana 7 ottobre 2010
Il Papa
all'ambasciatore del Cile: preghiere e solidarietà alle
vittime del sisma e ai 33 minatori di Atacama
◊ Quando la Chiesa
difende i valori della vita dalla sua nascita alla sua
fine naturale, o della famiglia fondata sul matrimonio,
non lo fa per suoi interessi o principi religiosi ma sulla
base di valori in coscienza condivisibili da tutti. E’
una delle affermazioni di Benedetto XVI nel discorso al
nuovo ambasciatore del Cile presso la Santa Sede, Fernando
Zegers Santa Cruz, ricevuto questa mattina in udienza per
la presentazione delle Lettere credenziali. Ma le prime
parole del Papa sono state all’insegna della solidarietà
per i cileni, segnati di recente da due drammatiche
vicende interne. Il servizio di Alessandro De Carolis:
Il terremoto di gennaio – tre minuti devastanti quasi
al nono grado della Scala Richter, con oltre 450 morti e
decine di migliaia di edifici distrutti – e la vicenda
dei 33 minatori intrappolati da due mesi in una prigione
di roccia a 700 metri sotto terra, per i quali proprio in
queste ore si profila un’insperata, nei tempi, quanto
attesa liberazione, grazie al tunnel scavato dai
soccorritori e giunto ormai a soli 100 metri da loro.
Benedetto XVI ha citato subito questi due eventi che hanno
scosso quest’anno il Cile, un Paese che, “pur
geograficamente lontano da qui – ha detto – porto nel
profondo del mio cuore”:
“Desde el primer momento…
Fin dall'inizio, ho voluto esprimere la mia
vicinanza al popolo del Cile e, attraverso la visita del
mio segretario di Stato, il cardinale Tarcisio Bertone, ho
inviato il mio conforto e speranza alle vittime, alle loro
famiglie e ai molti che sono stati colpiti e che tengo
presenti nelle mie preghiere. Né dimentico i minatori
della regione di Atacama e dei loro cari, per il quali
prego con fervore”.
L’“unità” e la “risposta generosa e
solidale” mostrate dal Cile in questa circostanza sono
state molto apprezzate da Benedetto XVI. Il quale ha poi
spostato il discorso sulle feste che la nazione
latinoamericana celebra nel bicentenario
dell’indipendenza. Questo, ha osservato il Papa, “mi
offre l'occasione di sottolineare ancora una volta il
ruolo svolto dalla Chiesa” tanto nella storia cilena,
quanto nel “consolidamento dell’identità nazionale,
profondamente influenzata dal sentimento cattolico”. E
nell’ottica di una presenza ecclesiale attiva
all’interno del Paese, Benedetto XVI ha citato anche il
venticinquennale, festeggiato lo scorso anno, del Trattato
di pace e di amicizia che, grazie alla mediazione di
Giovanni Paolo II, risolse 30 anni fa una controversia
territoriale tra Cile e Argentina, giunti a un passo dalla
guerra:
“Este Acuerdo histórico quedará…
Questo storico accordo sarà per le generazioni
future come un fulgido esempio del bene immenso che porta
la pace e dell'importanza di preservare e promuovere quei
valori morali e religiosi che costituiscono il tessuto più
intimo dell'anima di un popolo”.
“Non si può pretendere di spiegare il trionfo della
volontà di pace, armonia e comprensione se non si tiene
conto – ha ribadito il Pontefice – di quanto
profondamente radicato sia il seme del Vangelo nel cuore
dei cileni”. E proprio nelle attuali circostanze, “in
cui si deve far fronte alle molte sfide che minacciano
l'identità culturale”, diventa importante – ha
affermato – “incoraggiare soprattutto tra i giovani un
sano orgoglio come pure la riscoperta e la rinascita della
propria fede, la propria storia, la propria cultura, le
proprie tradizioni, le ricchezze artistiche, e di ciò che
costituisce il migliore e più ricco patrimonio spirituale
e umano del Cile”:
“Cuando la Iglesia alza su voz frente…
Quando la Chiesa alza la voce di fronte alle grandi
sfide e ai problemi come le guerre, la fame, l’estrema
povertà di molti, la difesa della vita umana dal
concepimento alla morte naturale, o la promozione della
famiglia fondata sul matrimonio tra un uomo e una donna,
che è la prima responsabile dell'educazione dei figli,
non lo fa per un interesse particolare o sulla base di
principi che possono percepire soltanto coloro che
professano una fede religiosa. Lo fa – rispettando le
regole della convivenza democratica – nell'interesse
della società e in nome di valori che ognuno può
condividere con la sua retta ragione”.
DISCURSO
DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
CON OCASIÓN DE LA PRESENTACIÓN
DE LAS CARTAS CREDENCIALES
DE SU EXCELENCIA FERNANDO ZEGERS SANTA CRUZ,
NUEVO EMBAJADOR DE CHILE ANTE LA SANTA SEDE
Jueves 7 de octubre de 2010
Señor
Embajador:
Me
complace recibir a Vuestra Excelencia en este solemne acto
en el que me hace entrega de las Cartas que lo acreditan
como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario de Chile
ante la Santa Sede. Deseo expresarle mi más cordial
bienvenida, al mismo tiempo que le agradezco las palabras
de saludo de parte del Señor Presidente de la República,
Doctor Sebastián Piñera Echenique, y de su Gobierno.
La
presencia de Vuestra Excelencia en la Santa Sede me hace
pensar con renovada viveza en un País que, aunque esté
lejano geográficamente de aquí, lo llevo muy dentro de
mi corazón, y muy especialmente después del terrible
terremoto sufrido recientemente. Desde el primer momento,
quise mostrar mi cercanía al pueblo chileno y, a través
de la visita de mi Secretario de Estado, el Cardenal
Tarcisio Bertone, hice llegar mi consuelo y esperanza a
las víctimas, a sus familiares y a los numerosos
damnificados, a quienes tengo muy presentes en mi oración.
No me olvido tampoco de los mineros de la región de
Atacama y sus seres queridos, por quienes rezo
fervientemente.
A este
respecto, quiero resaltar y valorar la unidad del pueblo
chileno ante las desgracias, su respuesta tan generosa y
solidaria cuando el sufrimiento arrecia, así como el
esfuerzo inmenso que la Iglesia católica en Chile, muchas
de cuyas comunidades han sido también duramente probadas
por el seísmo, está realizando para intentar ayudar a
quienes más lo necesitan.
Vuestra
Excelencia comienza su misión ante la Santa Sede
precisamente en el año en que Chile celebra el
Bicentenario de su Independencia, lo cual me ofrece la
ocasión para destacar una vez más el papel de la Iglesia
en los acontecimientos más señalados de su País, así
como en la consolidación de una identidad nacional propia,
profundamente marcada por el sentimiento católico. Son
muy numerosos los frutos que el Evangelio ha producido en
esta bendita tierra. Frutos abundantes de santidad, de
caridad, de promoción humana, de búsqueda constante de
la paz y la convivencia. En este sentido, deseo recordar
la celebración el año pasado del 25 aniversario de la
firma del Tratado de paz y amistad con la hermana Nación
Argentina que, con la mediación pontificia, puso fin al
diferendo austral. Este Acuerdo histórico quedará para
las generaciones futuras como un ejemplo luminoso del bien
inmenso que la paz trae consigo, así como de la
importancia de conservar y fomentar aquellos valores
morales y religiosos que constituyen el tejido más íntimo
del alma de un pueblo. No se puede pretender explicar el
triunfo de ese anhelo de paz, de concordia y de
entendimiento, si no se tiene en cuenta lo hondo que
arraigó la semilla del Evangelio en el corazón de los
chilenos. En este sentido, es importante, y más aún en
las circunstancias actuales, en las que hay que hacer
frente a tantos desafíos que amenazan la propia identidad
cultural, favorecer especialmente entre los más jóvenes
un sano orgullo, un renovado aprecio y revalorización de
su fe, de su historia, su cultura, sus tradiciones y su
riqueza artística, y de aquello que constituye el mejor y
más rico patrimonio espiritual y humano de Chile.
En este
contexto, quisiera subrayar que, si bien la Iglesia y el
Estado son independientes y autónomos en su propio campo,
ambos están llamados a desarrollar una colaboración leal
y respetuosa para servir la vocación personal y social de
las mismas personas (cf. Gaudium
et spes, 76). En el cumplimiento de su misión
específica de anunciar la Buena Nueva de Jesucristo, la
Iglesia busca responder a las expectativas y a los
interrogantes de los hombres, apoyándose también en
valores y principios éticos y antropológicos que están
inscritos en la naturaleza del ser humano. Cuando la
Iglesia alza su voz frente a los grandes retos y problemas
actuales, como las guerras, el hambre, la pobreza extrema
de tantos, la defensa de la vida humana desde su concepción
hasta su ocaso natural, o la promoción de la familia
fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer y
primera responsable de la educación de los hijos, no actúa
por un interés particular o por principios que sólo
pueden percibir los que profesan una determinada fe
religiosa. Respetando las reglas de la convivencia democrática,
lo hace por el bien de toda la sociedad y en nombre de
valores que toda persona puede compartir con su recta razón
(cf. Discurso
al Presidente de la República italiana, 20
noviembre 2006).
A este
respecto, el pueblo chileno sabe bien que la Iglesia en
esa Nación colabora sincera y eficazmente, y desea seguir
haciéndolo, en todo aquello que contribuya a la promoción
del bien común, del justo progreso y de la pacífica y
armónica convivencia de todos los que viven en esa
hermosa tierra.
Señor
Embajador, antes de concluir este encuentro, le manifiesto
mis mejores deseos en el cumplimiento de su alta misión,
al mismo tiempo que le aseguro la cordial acogida y
disponibilidad por parte de mis colaboradores. Con estos
sentimientos, invoco de corazón sobre usted, Excelencia,
sobre su familia y los demás miembros de esa Misión
Diplomática, así como sobre todo el amadísimo pueblo
chileno y sus dirigentes, por intercesión de la Virgen
del Carmen, la abundancia de las bendiciones divinas.
©
Copyright 2010 - Libreria Editrice Vaticana
|
|