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UDIENZA
AL NUOVO AMBASCIATORE DELL'URUGUAY (30 GIUGNO
2006) |
Ascolta il servizio trasmesso da Radio Vaticana
Radio Vaticana,
30 giugno 2006
DIFENDERE
QUEI VALORI IRRINUNCIABILI COME FAMIGLIA E VITA UMANA CHE
SONO L’ANIMA DEI POPOLI: COSI’ BENEDETTO XVI NEL
DISCORSO AL
NUOVO AMBASCIATORE DELL’URUGUAY PRESSO LA SANTA SEDE
La
valorizzazione della famiglia, la difesa della vita umana,
il sostegno della Chiesa ai poveri in particolare dei
migranti: questi i tre temi forti al centro del discorso
del Papa al nuovo ambasciatore dell’Uruguay presso la
Santa Sede, Mario Juan Bosco Cayota
Zappettini, ricevuto stamani
in udienza per la presentazione delle Lettere Credenziali.
Il servizio di Alessandro Gisotti:
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“I
valori più alti, radicati nel cuore delle persone” sono
“come l’anima dei popoli”: così, Benedetto XVI ha
messo l’accento sull’importanza di quei valori non
negoziabili come vita e famiglia, fondamento del pieno
sviluppo della dignità dell’uomo. Il Papa ha espresso,
dunque, preoccupazione per “alcune tendenze che tentano
di limitare il valore inviolabile della stessa vita umana
dal concepimento alla morte naturale”. Si è poi
soffermato sulle minacce che insidiano il matrimonio tra
uomo e donna e la famiglia. La Chiesa, ha ribadito,
“promuove la cultura della vita” e “non solo per
motivi strettamente confessionali”. Sono preoccupazioni
quelle della Chiesa, ha aggiunto, condivise da molti anche
“per ragioni etiche e razionali”.
Il
Pontefice ha così rilevato che esistono alcuni “mezzi
di comunicazione che denigrano o ridicolizzano l’alto
valore del matrimonio e della famiglia”. E così facendo
favoriscono “l’egoismo e il disorientamento, invece
della generosità e del sacrificio necessari per mantenere
questa autentica cellula primaria della comunità
umana”. Quindi, ha ribadito che la famiglia va aiutata
“ad assolvere i propri compiti indispensabili”.
D’altro canto, ha avvertito che vanno “rispettati i
diritti propri” della famiglia “che non possono essere
dissipati in presenza di altre
forme di unione che pretendono di usurparla”.
Benedetto
XVI ha così rivolto il pensiero al problema della povertà.
Il processo della globalizzazione,
ha constatato, ha creato “nuove possibilità, ma anche
nuovi rischi, che vanno affrontati di concerto dalle
nazioni”. In particolare, i governi devono rispettare i
diritti umani, “specie di quegli emigranti forzati a
lasciare la propria terra in cerca di una migliore
condizione di vita”. In tale contesto, ha concluso, la
Chiesa considera “l’esercizio della carità come una
dimensione essenziale della sua missione”. Per questo,
la Chiesa collabora con le diverse istituzioni pubbliche,
“affinché a coloro che cercano un aiuto, non sia mai
negata una mano amica per superare le difficoltà”.
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Il
nuovo ambasciatore dell’Uruguay presso la Santa Sede,
Mario Juan Bosco Cayota
Zappettini, è nato nel 1936 a
Montevideo. Sposato, cinque
figli, è laureato in filosofia. E’ attualmente
vicepresidente del Partito Democratico Cristiano e
direttore del “Centro Francescano di Documentazione
Storica” per l’America Latina. Ha ricoperto
l’incarico di Ministro dell’Ordine Francescano
Secolare in Uruguay.
DISCURSO
DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
AL SEÑOR MARIO JUAN BOSCO CAYOTA ZAPPETTINI
EMBAJADOR DE LA REPÚBLICA ORIENTAL DEL URUGUAY
ANTE LA SANTA SEDE
Viernes 30 de junio de 2006
Señor
Embajador:
1. Me es
grato darle cordialmente la bienvenida a este acto en que
me hace entrega de las Cartas Credenciales de Embajador
extraordinario y plenipotenciario de la República
Oriental del Uruguay ante la Santa Sede. Le agradezco las
amables palabras que me ha dirigido, así como el atento
saludo del Señor Presidente de la República, doctor
Tabaré Vázquez Rosas, del que se ha hecho portador. Le
ruego que le transmita mis mejores deseos de bienestar
personal y familiar, así como mis mejores votos de
prosperidad y convivencia pacífica y solidaria para esa
noble Nación.
2. En
su trayectoria histórica, Uruguay ha ido asumiendo los
ideales cristianos de justicia y de paz. En su seno
conviven pacíficamente y con mutuo respeto diversas
concepciones del hombre y su destino, sin que ello
menoscabe el aprecio sincero y real por la dimensión
religiosa y, en particular, por la misión de la Iglesia.
Una muestra del afecto de tantos uruguayos por la Sede
Apostólica es, como ha dicho Vuestra Excelencia, el
imperecedero recuerdo de las dos visitas a su País de mi
venerado predecesor, Juan Pablo II, que ha quedado
plasmado en un monumento en el lugar donde celebró su
primera Misa en Montevideo.
Desde
esta perspectiva, es de esperar que la visión cristiana
del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, y llamado
a un destino sobrenatural, se pueda manifestar
abiertamente en la educación de las nuevas generaciones.
En efecto, la tarea educativa no ha de limitarse a lo
meramente técnico y profesional, sino que ha de
comprender todos los aspectos de la persona, de su faceta
social y de su anhelo de trascendencia, que se manifiesta
en una de sus más nobles dimensiones, como es el amor.
3. Los
valores más altos, arraigados en el corazón de las
personas y en el tejido social, son como el alma de los
pueblos, que los hace fuertes en la adversidad, generosos
en la colaboración leal e ilusionados en la construcción
de un futuro mejor y lleno de vida, en la que todos sin
excepción tengan la oportunidad de desarrollar la plena
dignidad del ser humano. Por eso se ven con preocupación
algunas tendencias que tratan de limitar el valor
inviolable de la vida humana misma, desde su concepción
hasta su ocaso natural, o de disociarla de su ambiente
natural, como es el amor humano en el matrimonio y la
familia. La Iglesia promueve ciertamente una “cultura de
la vida”, generosa y creadora de esperanza, y no sólo
por motivos estrictamente confesionales. Como bien sabe,
Señor Embajador, hay muchas personas eminentes, también
en su país, que comparten preocupaciones similares por
motivos éticos y racionales.
Con ello
se relaciona, por su propia naturaleza, la cuestión de la
familia, estructura esencial de la sociedad, y de la unión
en matrimonio de un hombre y una mujer, según el designio
impreso por el Creador en la naturaleza humana. No faltan
quienes desde algunos medios de comunicación social
denigran o ridiculizan el alto valor del matrimonio y la
familia, favoreciendo así el egoísmo y la desorientación,
en vez de la generosidad y el sacrificio necesarios para
mantener vigorosa esta auténtica “célula primaria”
de la comunidad humana. Fomentar la familia, ayudarla a
cumplir sus cometidos indispensables, es ganar también
cohesión social y, sobre todo, respetar sus propios
derechos, que no pueden ser disipados ante otras formas de
unión que pretendieran usurparlos.
4. Hoy día,
el vasto problema de la pobreza y la marginación es un
desafío apremiante para los gobernantes y responsables de
las instituciones públicas. Por otro lado, el llamado
proceso de globalización ha creado nuevas posibilidades y
también nuevos riesgos, que es necesario afrontar en el
concierto más amplio de las Naciones. Es una oportunidad
para ir tejiendo como una red de comprensión y
solidaridad entre los pueblos, sin reducir todo a
intercambios meramente mercantiles o pragmáticos, y en la
que tengan cabida también los problemas humanos de cada
lugar y, en particular, de los emigrantes forzados a dejar
su tierra en busca de mejores condiciones de vida, lo que
a veces comporta graves secuelas en el ámbito personal,
familiar y social.
La
Iglesia, al considerar el ejercicio de la caridad como una
dimensión esencial de su ser y su misión, desarrolla de
manera abnegada una valiosa atención a los necesitados de
cualquier condición o proveniencia, y colabora en esta
tarea con las diversas entidades e instituciones públicas
con el fin de que a nadie en busca de apoyo le falte una
mano amiga que le ayude a superar su dificultad. Para ello
ofrece sus recursos personales y materiales, pero sobre
todo la cercanía humana que trata de socorrer la pobreza
más triste, la soledad y el abandono, sabiendo que «el
amor, en su pureza y gratuidad, es el mejor testimonio del
Dios en que creemos y que nos impulsa a amar» (Encíclica
Deus caritas est, 31, c).
5. Señor
Embajador, antes de concluir este encuentro deseo
expresarle mis mejores deseos para que la misión que
comienza sea fecunda y contribuya a estrechar las
relaciones diplomáticas de su País con la Santa Sede,
haciéndolas al mismo tiempo fluidas y cordiales. Le ruego
nuevamente que se haga intérprete de mis sentimientos y
esperanzas ante el Excelentísimo Señor Presidente de la
República y demás Autoridades de su país, a la vez que
invoco la maternal protección de la Virgen de los Treinta
y Tres sobre Vuestra Excelencia, su distinguida familia,
sus colaboradores y los queridos hijos e hijas uruguayos.
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