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Radio
Vaticana 3 aprile 2009
Benedetto
XVI all'ambasciatore dominicano: trovare nell'identità
cristiana la forza per sconfiggere povertà, corruzione e
narcotraffico
Sradicare
povertà, narcotraffico e corruzione politica facendo leva
sui valori cristiani che da più di cinque secoli
modellano il volto della Repubblica Dominicana. E’ uno
dei pensieri che Benedetto XVI ha espresso durante
l’udienza concessa questa mattina al nuovo ambasciatore
dello Stato dell’America centrale presso la Santa Sede -
il 58.enne Victor Manuel Grimaldi Céspedes - ricevuto per
la presentazione delle Lettere credenziali. Il servizio di
Alessandro De Carolis:
Fu sul territorio oggi appartenente alla Repubblica
Dominicana che più di 500 anni fa fu celebrata la prima
Messa del continente americano. Da quel luogo partì
l’evangelizzazione che ha permesso al Paese
centroamericano di coltivare e irrobustire le “profonde
radici cattoliche”, che oggi fanno parte del “ricco
patrimonio culturale profondamente inscritto nell’anima
del popolo”, e che il prossimo 8 agosto troveranno una
solenne espressione nei festeggiamenti per il quinto
centenario della creazione dell’arcidiocesi di Santo
Domingo.
E’ su questa piattaforma di valori spirituali e umani
che Benedetto XVI ha fondato la sua analisi e i suoi
auspici per la Repubblica Dominicana. Il Papa si è
congratulato, attraverso il neo ambasciatore, con le
autorità del suo Paese per i “significativi cambiamenti
politico-sociali” che hanno portato a ribadire “la
difesa e la diffusione dei valori umani basilari”, come
il riconoscimento e la tutela della dignità umana, la
difesa della vita dal concepimento alla morte naturale e
la salvaguardia della famiglia fondata sul matrimonio.
Nonostante ciò, ha osservato Benedetto XVI:
“C’è ancora un lungo cammino da percorrere per
assicurare una vita degna ai dominicani e sradicare le
piaghe della povertà, il narcotraffico, l’emarginazione
e la violenza. Così come tutto ciò che è volto a
rafforzare la istituzioni è essenziale per il benessere
della società, che poggia su pilastri come il
perseguimento dell’onestà e della trasparenza,
l’indipendenza giuridica, la cura e il rispetto
dell’ambiente e il potenziamento dei servizi sociali,
sanitari e educativi per tutta la popolazione”.
Un’azione a tutto campo per la quale il Papa ha
assicurato l’appoggio della Chiesa cattolica locale, già
in prima linea - ha ricordato il Pontefice - proprio nei
settori dell’educazione e dell’assistenza ai poveri e
ai malati, agli anziani e agli orfani:
“La Chiesa, che non può mai confondersi con la
comunità politica, converge con lo Stato nel promuovere
la dignità e la ricerca del bene comune della società”.
Un bene comune che proprio per essere tale, ha
proseguito Benedetto XVI, deve combattere la deriva della
corruzione, che grava - ha affermato - soprattutto sulle
fase della popolazione più povere e indifese. In
definitiva, ha concluso il Papa, “nell’instaurare un
clima di reale concordia e di ricerca di risposte e
soluzioni efficaci e stabili per i problemi più urgenti.
Le autorità dominicane incontreranno sempre la mano tesa
della Chiesa, per la costruzione di un civiltà più
libera, pacifica, giusta e fraterna”.
DISCORSO
DEL SANTO PADRE
Señor
Embajador:
Le recibo
con gran alegría en este solemne acto, en el que Vuestra
Excelencia presenta las Cartas Credenciales que lo
acreditan como Embajador Extraordinario y Plenipotenciario
de la República Dominicana ante la Santa Sede. Le
agradezco las deferentes palabras que me ha dirigido, así
como el amable saludo de parte del Doctor Leonel Antonio
Fernández Reyna, Presidente de esa noble Nación. Le
ruego que tenga la bondad de asegurarle que pido al Señor
en mis oraciones por su Gobierno y el amado pueblo
dominicano, tan cercano al corazón del Papa.
Vuestra
Excelencia viene como Representante de un País de
profundas raíces católicas y que, como acaba de señalar,
evoca ya en su mismo nombre la adhesión al mensaje
cristiano de la mayoría de sus gentes, al aludir a Santo
Domingo de Guzmán, preclaro predicador de la Palabra de
Dios. Hago votos para que las cordiales relaciones
diplomáticas que su Nación mantiene con la Sede
Apostólica se estrechen aún más en el porvenir.
Como
Vuestra Excelencia ha recordado también, la comunidad
católica dominicana se prepara para conmemorar el V
centenario de la creación de la Arquidiócesis de Santo
Domingo, erigida el 8 de agosto de 1511. Esta efeméride,
unida a la Misión continental impulsada por la V
Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del
Caribe, celebrada en Aparecida, está siendo motivo de un
renovado dinamismo misionero y evangelizador, que
favorecerá la promoción humana de todos los miembros de
la sociedad.
La
Iglesia, que nunca puede confundirse con la comunidad
política, converge con el Estado en el fomento de la
dignidad de la persona y en la búsqueda del bien común
de la sociedad (cf. Gaudium et spes, 76). En este
contexto de recíproca autonomía y sana cooperación, se
insertan las iniciativas diplomáticas que, en palabras de
mi venerado Predecesor, el Siervo de Dios Juan Pablo II,
están al "servicio de la gran causa de la paz, del
acercamiento y colaboración entre los pueblos y de un
intercambio fructífero para lograr unas relaciones más
humanas y más justas" (Discurso al Cuerpo
Diplomático acreditado ante la República Dominicana, 11
octubre 1992, n. 1). Por eso, la Santa Sede tiene en alta
consideración la labor que Vuestra Excelencia comienza
hoy a desempeñar.
Su País
ha ido forjando con el tiempo un rico patrimonio cultural,
hondamente inscrito en el alma del pueblo, y en el que
destacan significativas tradiciones y costumbres, muchas
de las cuales tienen su origen y alimento en la doctrina
católica, que promueve en quienes la profesan un anhelo
de libertad y de conciencia crítica, de responsabilidad y
solidaridad.
Hace ya
más de cinco siglos, en el suelo de lo que hoy es la
República Dominicana, se celebraba por primera vez la
Santa Misa en el Continente americano. A partir de
entonces, y gracias a una generosa y abnegada labor de
evangelización, la fe en Cristo Jesús fue haciéndose
cada vez más viva y operante, de modo que desde la Isla
de La Española partieron los misioneros encargados de
anunciar la Buena Noticia de la salvación en el
Continente. De aquella primera simiente surgió
posteriormente, como árbol frondoso, la Iglesia en
Latinoamérica, que con el pasar de los años ha ido dando
abundantes frutos de santidad, cultura y prosperidad de
todos los miembros de la sociedad.
En este
sentido, es justo reconocer la aportación de la Iglesia,
a través de sus instituciones, en beneficio del progreso
de su País, sobre todo en el campo educativo, con las
diversas universidades, centros de formación técnica,
institutos y escuelas parroquiales; y en el ámbito
asistencial, con la atención a los numerosos inmigrantes,
a los refugiados, discapacitados, enfermos, ancianos,
huérfanos y menesterosos. A este respecto, me complace
subrayar la fluida colaboración que hay entre las
entidades católicas locales y los organismos del Estado
en el desarrollo de programas que, buscando siempre el
bien común de la sociedad, favorecen a los más
necesitados e impulsan auténticos valores morales y
espirituales.
Por otra
parte, es de suma importancia que en los significativos
cambios políticos sociales en los que la República
Dominicana está inmersa en los últimos tiempos, se
implanten y prolonguen aquellos nobles principios que
distinguen la rica historia dominicana desde la fundación
de su Patria. Me refiero, ante todo, a la defensa y
difusión de valores humanos tan básicos como el
reconocimiento y la tutela de la dignidad de la persona,
el respeto de la vida humana desde el momento de su
concepción hasta su muerte natural y la salvaguardia de
la institución familiar basada en el matrimonio entre un
hombre y una mujer, ya que éstos son elementos
insustituibles e irrenunciables del tejido social.
En los
últimos tiempos, gracias al trabajo de las diversas
instancias de su País, se han ido produciendo notables
logros, tanto en el plano social como económico, que
permiten auspiciar un futuro más luminoso y sereno. No
obstante, queda aún un largo camino por recorrer para
asegurar una vida digna a los dominicanos y erradicar las
lacras de la pobreza, el narcotráfico, la marginación y
la violencia. Así pues, todo aquello que se oriente al
fortalecimiento de las instituciones es fundamental para
el bienestar de la sociedad, que se apoya en pilares como
el cultivo de la honestidad y la transparencia, la
independencia jurídica, el cuidado y respeto del medio
ambiente y la potenciación de los servicios sociales,
asistenciales, sanitarios y educativos de toda la
población. Estos pasos deben ir acompañados por una
fuerte determinación para erradicar definitivamente la
corrupción, que conlleva tanto sufrimiento, sobre todo
para los miembros más pobres e indefensos de la sociedad.
En la instauración de un clima de verdadera concordia y
de búsqueda de respuestas y soluciones eficaces y
estables para los problemas más acuciantes, las
Autoridades dominicanas encontrarán siempre la mano
tendida de la Iglesia, para la construcción de una
civilización más libre, pacífica, justa y fraterna.
Señor
Embajador, antes de concluir nuestro encuentro, quisiera
renovarle mi cercanía espiritual, junto con mis
fervientes deseos para que el importante cometido que le
ha sido confiado redunde en beneficio de su Nación. Le
ruego que se haga intérprete de esta esperanza ante el
Señor Presidente y el Gobierno de la República
Dominicana. Vuestra Excelencia, su familia y el personal
de esa Misión Diplomática podrán contar siempre con la
estima, la buena acogida y el apoyo de esta Sede
Apostólica en el desempeño de su alta responsabilidad,
para la que deseo copiosos frutos. Suplico al Señor, por
intercesión de Nuestra Señora de Altagracia y de Santo
Domingo de Guzmán, que colme de dones celestiales a todos
los hijos e hijas de ese amado País, a los que imparto
complacido la Bendición Apostólica.
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