DISCORSO
DI SUA SANTITÀ BENEDETTO XVI
Señor
Cardenal,
Queridos
hermanos en el Episcopado:
Es para mí
un motivo de alegría recibiros esta mañana con ocasión
de la visita ad limina con la que renováis los vínculos
de comunión de vuestras Iglesias particulares con el
Obispo de Roma. Agradezco las palabras que, en vuestro
nombre, me ha dirigido Mons. Pablo Vizcaíno Prado, Obispo
de Suchitepéquez-Retalhuleu y Presidente de la
Conferencia Episcopal, y os saludo a todos con afecto,
rogando que transmitáis mi estima al querido pueblo
guatemalteco. Los encuentros que he mantenido con cada uno
de vosotros me han acercado a la vida cotidiana y a las
aspiraciones de vuestros compatriotas, así como al solícito
trabajo pastoral que estáis llevando a cabo en vuestra
Nación.
Lleváis
en vuestro corazón de Pastores la preocupación ante el
aumento de la violencia y la pobreza que afecta a grandes
sectores de la población, provocando una fuerte emigración
a otros Países, con graves secuelas en el ámbito
personal y familiar. Es una situación que invita a
renovar vuestros esfuerzos para mostrar a todos el rostro
misericordioso del Señor, del que la Iglesia está
llamada a ser imagen, acompañando y sirviendo con
generosidad y entrega especialmente a los que sufren y a
los más desamparados. En efecto, la caridad y asistencia
a los hermanos necesitados «pertenece a la naturaleza de
la Iglesia y es manifestación irrenunciable de su propia
esencia» (cf. Deus caritas est, 25, a).
Dios ha
bendecido al pueblo guatemalteco con un profundo
sentimiento religioso, rico de expresiones populares, que
han de madurar en comunidades cristianas sólidas,
celebrando con gozo su fe como miembros vivos del Cuerpo
de Cristo (cf. 1 Co 12, 27) y fieles al fundamento
de los Apóstoles. Sabéis muy bien que la firmeza de la
fe y la participación en los sacramentos hacen fuertes a
vuestros fieles ante el riesgo de las sectas o de grupos
pretendidamente carismáticos, que crean desorientación y
llegan a poner en peligro la comunión eclesial.
La
tradición de vuestras culturas encuentra en la familia, célula
fundamental de la sociedad, el núcleo básico de la
existencia y de la transmisión de la fe y los valores,
pero que hoy se enfrenta a serios retos pastorales y
humanos. Por eso la Iglesia se dedica siempre con una
atención particular a formar sólidamente a quienes se
preparan para contraer matrimonio, infundiendo
constantemente fe y esperanza en los hogares y velando
para que, con las ayudas necesarias, puedan cumplir con
sus responsabilidades.
En
vuestro ministerio contáis con la colaboración
inestimable de los sacerdotes, que han de ver en su Obispo
un verdadero padre y maestro, muy cercano a ellos, en el
que encuentren ayuda en sus necesidades espirituales y
materiales, así como el consejo apropiado en los momentos
de dificultad. Necesitan siempre aliento para perseverar
en el camino de la auténtica santidad sacerdotal, siendo
verdaderos hombres de oración (cf. Novo millennio
ineunte, 32), y también medios adecuados para ampliar
su formación humana y teológica que les permita asumir
tareas particularmente delicadas, como las de profesores,
formadores o directores espirituales en vuestros
Seminarios. Ellos, con su ejemplo y celo pastoral, han de
ser un llamado viviente a los jóvenes y menos jóvenes a
entregarse enteramente al Señor, colaborando con la
gracia divina para que el Señor «mande trabajadores a su
mies» (Mt 9,38).
El II
Congreso Misionero Americano celebrado en Guatemala en
2003 ha supuesto un reto para llevar a las diócesis y
vicariatos una vivencia más intensa del compromiso
misionero, incluyéndolo en el nuevo plan global de la
Conferencia Episcopal. Ahora, a la luz también de las
conclusiones de la V Conferencia del Episcopado de América
Latina y del Caribe, en Aparecida, han de fortalecer
vuestra identidad e impulsaros a llevar a cabo los
compromisos evangelizadores que allí habéis adquirido.
Por ello, tal y como lo hizo mi venerado predecesor Juan
Pablo II en su primera visita a vuestro País, os aliento
a continuar con espíritu renovado la misión
evangelizadora de la Iglesia en el contexto de los cambios
culturales actuales y de la globalización, dando nuevo
vigor a la predicación y la catequesis, proclamando a
Jesucristo, el Hijo de Dios, como fundamento y razón de
ser de todo creyente. La evangelización de las culturas
es una tarea prioritaria para que la Palabra de Dios se
haga accesible a todos y, acogida en la mente y en el
corazón, sea luz que las ilumine y agua que las purifique
con el mensaje del Evangelio que trae la salvación para
todo el género humano.
Al
concluir este encuentro, deseo alentaros a continuar
guiando al Pueblo de Dios que tenéis confiado. Que, con
vuestra palabra y ejemplo, la Iglesia siga brillando como
fuente de esperanza para todos. Llevad mi saludo afectuoso
y mi bendición a vuestros sacerdotes, religiosos,
religiosas y demás fieles, especialmente a los que
colaboran con mayor dedicación en la obra de la
evangelización. Invoco sobre ellos y sobre vosotros la
maternal protección de Nuestra Señora del Rosario,
Patrona de Guatemala, y os imparto de corazón la Bendición
Apostólica.
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