ALLA
PONTIFICIA COMMISSIONE PER L'AMERICA LATINA (8
APRILE 2011)
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Vaticana 8 aprile 2011
Benedetto
XVI sulla pietà popolare: grande patrimonio della Chiesa,
da purificare, mai da escludere
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La pietà popolare è un “grande patrimonio della
Chiesa”, perché permette alle persone di esprimere in
modo genuino la propria fede. Benedetto XVI ha ribadito un
tema a lui caro nell’udienza concessa questa mattina in
Vaticano ai partecipanti alla plenaria della Pontificia
Commissione per l’America Latina. Il Papa ha tuttavia
messo in guardia dalle possibili derive che possono
contaminare le espressioni della religiosità popolare. Il
servizio di Alessandro De Carolis:
Gesti antichi, segni ripetuti e visti ripetere, di
padre in figlio, di nonno in nipote, che scaldano
l’anima al fuoco di tradizioni che parlano di Dio, della
Madonna e dei Santi. Una ricchezza da “proteggere,
promuovere e, se necessario purificare”, non ha esitato
a definirla Benedetto XVI, tornando a riflettere su un
argomento, la religiosità popolare, spesso presente nel
suo magistero. Davanti agli esperti della Pontificia
Commissione per l’America Latina – riuniti in questi
giorni per discutere su quale “impatto” eserciti la
pietà popolare nel processo di evangelizzazione del
continente – il Papa ha ricordato ciò che affermò il
documento finale della Conferenza di Aparecida del 2007.
All’epoca, ha detto il Pontefice, i vescovi avevano
presentato la pietà popolare come “luogo di incontro
con Gesù Cristo e un modo di esprimere la fede della
Chiesa”. E che pertanto, le manifestazioni che ne
derivano non potevano e non possono essere considerate
“come qualcosa di secondario della vita cristiana”:
“Todas ellas, bien encauzadas y debitamente…
Tutte queste, ben orientate e adeguatamente
accompagnate, favoriscono un fruttuoso incontro con Dio,
un intenso culto per il Santissimo Sacramento, una sentita
devozione alla Vergine Maria, un crescente affetto per il
Successore di Pietro e la consapevolezza di appartenere
alla Chiesa. Che tutto questo possa servire per
evangelizzare, comunicare la fede, portare i fedeli ai
sacramenti, rinsaldare i vincoli di amicizia e dell’unità
familiare e comunitaria e rafforzare la solidarietà e
l'esercizio della carità”.
Nella pietà popolare, ha osservato Benedetto XVI,
“esistono molte espressioni di fede legate alle grandi
celebrazioni dell'anno liturgico, nelle quali la gente
comune in America Latina riafferma il suo amore” per
Cristo. Tuttavia, ha soggiunto, bisogna fare attenzione a
due cose: alla fede che, nutrita dalla Bibbia e dalla
preghiera, deve restare – ha riaffermato – “la
principale fonte della pietà popolare, in modo che non
sia ridotta a una semplice espressione culturale di una
determinata regione”. E poi alla liturgia, la quale, ha
ribadito…
“… deberá constituir el punto de referenzia…
dovrà costituire il punto di riferimento per
‘incanalare con lucidità e prudenza gli aneliti di
preghiera e di vita carismatica’ che si riscontrano
nella pietà popolare; dal canto suo la pietà popolare,
con i suoi valori simbolici ed espressivi, potrà fornire
alla Liturgia alcune coordinate per una valida
inculturazione e stimoli per un efficace dinamismo
creatore”.
Del resto, ha ammesso il Papa, i problemi esistono e
“non si può negare” l’esistenza di “alcune forme
deviate di religiosità popolare che, lungi dal favorire
la partecipazione attiva nella Chiesa, creano confusione e
possono favorire una pratica religiosa puramente esteriore
e svincolata da una fede ben radicata e interiormente
viva”. Qui, Benedetto XVI ha citato un passaggio della
sua Lettera indirizzata lo scorso anno ai seminaristi:
“La pietad popular puede derivar hacia…
Certo, la pietà popolare tende all’irrazionalità,
talvolta forse anche all’esteriorità. Eppure,
escluderla è del tutto sbagliato. Attraverso di essa, la
fede è entrata nel cuore degli uomini, è diventata parte
dei loro sentimenti, delle loro abitudini, del loro comune
sentire e vivere. Perciò la pietà popolare è un grande
patrimonio della Chiesa (…) Certamente la pietà
popolare dev’essere sempre purificata, riferita al
centro, ma merita il nostro amore, ed essa rende noi
stessi in modo pienamente reale ‘Popolo di Dio’”.
DISCURSO
DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
A LOS PARTICIPANTES EN LA ASAMBLEA PLENARIA
DE LA COMISIÓN PONTIFICIA PARA AMÉRICA LATINA
Sala del Consistorio
Viernes 8 de abril de 2011
Señores
Cardenales,
queridos hermanos en el Episcopado:
1. Saludo
con afecto a los Consejeros y Miembros de la Comisión
Pontificia para América Latina, que se han reunido en
Roma para su Asamblea Plenaria. Saludo de manera especial
al Señor Cardenal Marc Ouellet, Prefecto de la Congregación
para los Obispos y Presidente de dicha Comisión
Pontificia, agradeciéndole vivamente las palabras que me
ha dirigido en nombre de todos para presentarme los
resultados de estos días de estudio y reflexión.
2. El
tema elegido para este encuentro, «Incidencia de la
piedad popular en el proceso de evangelización de América
Latina», aborda directamente uno de los aspectos de mayor
importancia para la tarea misionera en la que están empeñadas
las Iglesias particulares de ese gran continente
latinoamericano. Los Obispos que se reunieron en Aparecida
para la V Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano y del Caribe, que tuve el gusto de
inaugurar en mi viaje a Brasil, en mayo de 2007, presentan
la piedad popular como un espacio de encuentro con
Jesucristo y una forma de expresar la fe de la Iglesia.
Por tanto, no puede ser considerada como algo secundario
de la vida cristiana, pues eso «sería olvidar el primado
de la acción del Espíritu y la iniciativa gratuita del
amor de Dios» (Documento conclusivo, n. 263).
Esta
expresión sencilla de la fe tiene sus raíces en el
comienzo mismo de la evangelización de aquellas tierras.
En efecto, a medida que el mensaje salvador de Cristo fue
iluminando y animando las culturas de allí, se fue
tejiendo paulatinamente la rica y profunda religiosidad
popular que caracteriza la vivencia de fe de los pueblos
latinoamericanos, la cual, como dije en el Discurso de
inauguración de la Conferencia de Aparecida, constituye
«el precioso tesoro de la Iglesia católica en América
Latina, y que ella debe proteger, promover y, en lo que
fuera necesario, también purificar» (n. 1).
3. Para
llevar a cabo la nueva evangelización en Latinoamérica,
dentro de un proceso que impregne todo el ser y quehacer
del cristiano, no se pueden dejar de lado las múltiples
demostraciones de la piedad popular. Todas ellas, bien
encauzadas y debidamente acompañadas, propician un fructífero
encuentro con Dios, una intensa veneración del Santísimo
Sacramento, una entrañable devoción a la Virgen María,
un cultivo del afecto al Sucesor de Pedro y una toma de
conciencia de pertenencia a la Iglesia. Que todo ello
sirva también para evangelizar, para comunicar la fe,
para acercar a los fieles a los sacramentos, para
fortalecer los lazos de amistad y de unión familiar y
comunitaria, así como para incrementar la solidaridad y
el ejercicio de la caridad.
Por
consiguiente, la fe tiene que ser la fuente principal de
la piedad popular, para que ésta no se reduzca a una
simple expresión cultural de una determinada región. Más
aún, tiene que estar en estrecha relación con la sagrada
Liturgia, la cual no puede ser sustituida por ninguna otra
expresión religiosa. A este respecto, no se puede olvidar,
como afirma el Directorio
sobre la piedad popular y la liturgia, publicado
por la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina
de los Sacramentos, que «liturgia y piedad popular son
dos expresiones cultuales que se deben poner en relación
mutua y fecunda: en cualquier caso, la Liturgia deberá
constituir el punto de referencia para “encauzar con
lucidez y prudencia los anhelos de oración y de vida
carismática” que aparecen en la piedad popular; por su
parte la piedad popular, con sus valores simbólicos y
expresivos, podrá aportar a la Liturgia algunas
referencias para una verdadera inculturación, y estímulos
para un dinamismo creador eficaz» (n. 58).
4. En la
piedad popular se encuentran muchas expresiones de fe
vinculadas a las grandes celebraciones del año litúrgico,
en las que el pueblo sencillo de América Latina reafirma
el amor que siente por Jesucristo, en quien encuentra la
manifestación de la cercanía de Dios, de su compasión y
misericordia. Son incontables los santuarios que están
dedicados a la contemplación de los misterios de la
infancia, pasión, muerte y resurrección del Señor, y a
ellos concurren multitudes de personas para poner en sus
divinas manos sus penas y alegrías, pidiendo al mismo
tiempo copiosas gracias e implorando el perdón de sus
pecados. Íntimamente unida a Jesús, está también la
devoción de los pueblos de Latinoamérica y el Caribe a
la Santísima Virgen María. Ella, desde los albores de la
evangelización, acompaña a los hijos de ese continente y
es para ellos manantial inagotable de esperanza. Por eso,
se recurre a Ella como Madre del Salvador, para sentir
constantemente su protección amorosa bajo diferentes
advocaciones. De igual modo, los santos son tenidos como
estrellas luminosas que constelan el corazón de numerosos
fieles de aquellos países, edificándolos con su ejemplo
y protegiéndolos con su intercesión.
5. No se
puede negar, sin embargo, que existen ciertas formas
desviadas de religiosidad popular que, lejos de fomentar
una participación activa en la Iglesia, crean más bien
confusión y pueden favorecer una práctica religiosa
meramente exterior y desvinculada de una fe bien arraigada
e interiormente viva. A este respecto, quisiera recordar
aquí lo que escribí a los seminaristas el año pasado:
«La piedad popular puede derivar hacia lo irracional y
quizás también quedarse en lo externo. Sin embargo,
excluirla es completamente erróneo. A través de ella, la
fe ha entrado en el corazón de los hombres, formando
parte de sus sentimientos, costumbres, sentir y vivir común.
Por eso, la piedad popular es un gran patrimonio de la
Iglesia. La fe se ha hecho carne y sangre. Ciertamente, la
piedad popular tiene siempre que purificarse y apuntar al
centro, pero merece todo nuestro aprecio, y hace que
nosotros mismos nos integremos plenamente en el
"Pueblo de Dios"» (Carta
a los seminaristas, 18 octubre 2010, n. 4).
6.
Durante los encuentros que he tenido en estos últimos años,
con ocasión de sus visitas ad limina, los Obispos
de América Latina y del Caribe me han hecho siempre
referencia a lo que están realizando en sus respectivas
circunscripciones eclesiásticas para poner en marcha y
alentar la Misión continental, con la que el episcopado
latinoamericano ha querido relanzar el proceso de nueva
evangelización después de Aparecida, invitando a todos
los miembros de la Iglesia a ponerse en un estado
permanente de misión. Se trata de una opción de gran
trascendencia, pues se quiere con ella volver a un aspecto
fundamental de la labor de la Iglesia, es decir, dar
primacía a la Palabra de Dios para que sea el alimento
permanente de la vida cristiana y el eje de toda acción
pastoral.
Este
encuentro con la divina Palabra debe llevar a un profundo
cambio de vida, a una identificación radical con el Señor
y su Evangelio, a tomar plena conciencia de que es
necesario estar sólidamente cimentado en Cristo,
reconociendo que «no se comienza a ser cristiano por una
decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro
con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo
horizonte a la vida, y, con ello, una orientación
decisiva» (Carta enc. Deus
caritas est, n. 1).
En este
sentido, me complace saber que en América Latina ha ido
creciendo la práctica de la lectio divina en las
parroquias y en las pequeñas comunidades eclesiales, como
una forma ordinaria para alimentar la oración y, de esa
manera, dar solidez a la vida espiritual de los fieles, ya
que «en las palabras de la Biblia, la piedad popular
encontrará una fuente inagotable de inspiración, modelos
insuperables de oración y fecundas propuestas de diversos
temas» (Directorio
sobre la piedad popular y la liturgia, n. 87).
7.
Queridos hermanos, les agradezco sus valiosos aportes
encaminados a proteger, promover y purificar todo lo
relacionado con las expresiones de la religiosidad popular
en América Latina. Para alcanzar este objetivo, será de
gran valor continuar impulsando la Misión continental, en
la cual ha de tener particular espacio todo lo que se
refiere a este ámbito pastoral, que constituye una manera
privilegiada para que la fe sea acogida en el corazón del
pueblo, toque los sentimientos más profundos de las
personas y se manifieste vigorosa y operante por medio de
la caridad (cf. Ga 5, 6).
8. Al
concluir este gozoso encuentro, a la vez que invoco el
dulce Nombre de María Santísima, perfecta discípula y
pedagoga de la evangelización, les imparto de corazón la
Bendición Apostólica, prenda de la benevolencia divina.
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