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il servizio trasmesso da Radio Vaticana
Fonte,
Radio Vaticana, 28 febbraio 2008
Aiutare
la famiglia per sconfiggere la violenza presente nella
società e promuovere un’autentica cultura di pace:
l’esortazione del Papa nel discorso ai vescovi del
Salvador in visita ad Limina
La
difesa della famiglia, la lotta alla povertà, la
formazione delle nuove generazioni: sono i tre temi chiave
affrontati da Benedetto XVI nell’udienza ai vescovi del
Salvador, ricevuti stamani in Vaticano, in occasione della
visita ad Limina. Il Papa ha ribadito che se da una
parte bisogna consentire a tutti di vivere una vita degna,
dall’altra non si può ridurre l’uomo ad un semplice
prodotto della società in cui vive. L’indirizzo
d’omaggio al Papa è stato rivolto dall’arcivescovo di
San Salvador, Fernando Sáenz Lacalle, presidente
dell’episcopato salvadoregno. Il servizio di Alessandro
Gisotti:
“La famiglia è un bene indispensabile per la Chiesa
e la società come anche un fattore fondamentale per
costruire la pace”: è quanto ribadito da Benedetto XVI
che ha invitato i vescovi a rafforzare la pastorale
famigliare per offrire ai giovani “una solida formazione
spirituale e affettiva”. Una formazione, ha aggiunto,
che li aiuti a “scoprire la bellezza del piano di Dio
sull’amore umano e che gli permetta di vivere con
coerenza gli autentici valori del matrimonio e della
famiglia” come il rispetto reciproco, e la fedeltà.
A causa de la situación de pobreza...
“A causa della povertà”, ha rilevato con amarezza
il Santo Padre, molti salvadoregni “si vedono obbligati
ad emigrare alla ricerca di migliori condizioni di
vita”. Un fenomeno che provoca conseguenze negative
“per la stabilità del matrimonio e della famiglia”.
Il Papa ha quindi lodato gli sforzi dei presuli per
promuovere la pace e la riconciliazione nel Paese,
superando così le dolorose contrapposizioni del passato.
Benedetto XVI ha poi rivolto il pensiero alla piaga della
violenza, diffusa nel Paese centroamericano. Analizzandone
le cause, ha costatato, “si riconosce che l’incremento
della violenza è conseguenza immediata di altri mali
sociali più profondi come la povertà, la mancanza di
educazione, la disgregazione famigliare, la progressiva
perdita di quei valori che hanno sempre costituito
l’anima salvadoregna”.
Frente a la pobreza de tantas personas...
“Di fronte alla povertà di tante persone”, ha
proseguito, “si percepisce come una necessità
ineludibile” il miglioramento delle strutture e delle
condizioni economiche per “permettere a tutti di vivere
una vita degna”. Tuttavia, è stato il suo richiamo, non
bisogna dimenticare che “l’uomo non è un semplice
prodotto delle condizioni materiali e sociali in cui
vive”. Ha bisogno di qualcosa di più, “aspira a
qualcosa di più di quanto la scienza o qualsiasi altra
iniziativa umana possa dargli”.
Los hombres anhelan a Dios en lo más íntimo de su
corazón...
“Gli uomini – ha detto – anelano a Dio nel più
intimo del proprio cuore. Solo Lui può appagare la loro
sete di pienezza e di vita, perché solo Lui ci dà la
certezza di un amore incondizionato che è più forte
della morte”. Benedetto XVI non ha mancato di
sottolineare che il popolo salvadoregno si caratterizza
per una “fede viva e un profondo sentimento
religioso”. Ed ha ricordato i tanti missionari e
pastori, come il vescovo Oscar Romero, che hanno
evangelizzato questa terra “dando frutti abbondanti di
vita cristiana e santità”. Il Papa ha poi esortato i
vescovi del Salvador ad aiutare i fedeli delle proprie
diocesi ad incontrare Cristo. Un’intensa vita di
preghiera, l’ascolto assiduo della Parola di Dio e una
partecipazione costante ai Sacramenti come anche una
solida formazione dottrinale, ha affermato, sono elementi
necessari “per illuminare cristianamente la società in
cui vivono”. Il Papa ha inoltre invitato i presuli ad
essere vicini ai propri sacerdoti e religiosi, prestando
attenzione alle loro necessità spirituali e materiali ed
incoraggiandoli a proseguire con gioia il cammino di
santità sacerdotale. D’altro canto, ha concluso,
proprio “l’amore e la fedeltà del sacerdote alla
propria vocazione” rappresenta la migliore ed efficace
pastorale vocazionale.
DISCORSO
DI SUA SANTITÀ BENEDETTO XVI
Queridos Hermanos en el
Episcopado:
1. Con gran alegría os
recibo en este día en el que, con motivo de vuestra
visita Ad limina, habéis venido hasta las tumbas
de los Apóstoles para reforzar los lazos de comunión de
vuestras respectivas Iglesias Particulares con la Sede
Apostólica. Mi dicha es aún mayor porque ésta es la
primera vez que tengo la oportunidad de encontrarme con
vosotros como Sucesor de Pedro. Agradezco a Mons. Fernando
Sáez Lacalle, Arzobispo de San Salvador y Presidente de
la Conferencia Episcopal, las atentas palabras que me ha
dirigido en vuestro nombre. A través de vosotros, envío
un saludo especial a vuestros sacerdotes, religiosos y
fieles laicos, que con generosidad e infatigable esfuerzo
viven y anuncian la Buena Nueva de la Redención que
Cristo nos ha traído, verdadera y única esperanza para
todas las gentes.
En su mayoría, el pueblo
salvadoreño se caracteriza por tener una fe viva y un
profundo sentimiento religioso. El Evangelio, llevado allí
por los primeros misioneros y predicado también con
fervor por pastores llenos de amor de Dios, como Mons. Óscar
Arnulfo Romero, ha arraigado ampliamente en esa hermosa
tierra, dando frutos abundantes de vida cristiana y de
santidad. Una vez más, queridos Hermanos Obispos, se ha
hecho realidad la capacidad transformadora del mensaje de
salvación, que la Iglesia está llamada a anunciar,
porque ciertamente «la Palabra de Dios no está
encadenada» (2 Tm 2, 9) y es viva y eficaz
(cf. Hb 4, 12).
2. Como Pastores de la
Iglesia, vuestros corazones se conmueven al contemplar las
graves necesidades del pueblo que os ha sido encomendado,
y al que queréis servir con amor y dedicación. A causa
de la situación de pobreza muchos se ven obligados a
emigrar en busca de mejores condiciones de vida, lo cual
provoca a menudo consecuencias negativas para la
estabilidad del matrimonio y de la familia. Sé también
de los esfuerzos que estáis haciendo para promover la
reconciliación y la paz en vuestro País, y superar así
dolorosos acontecimientos del pasado.
Al mismo tiempo, habéis
dedicado una carta pastoral en 2005 al problema de la
violencia, considerado como el más grave en vuestra Nación.
Al analizar sus causas, reconocéis que el incremento de
la violencia es consecuencia inmediata de otras lacras
sociales más profundas, como la pobreza, la falta de
educación, la progresiva pérdida de aquellos valores que
han forjado desde siempre el alma salvadoreña y la
disgregación familiar. En efecto, la familia es un bien
indispensable para la Iglesia y la sociedad, así como un
factor básico para construir la paz (cf. Mensaje
Jornada Mundial de la Paz 2008, n. 3).
Por eso, sentís la necesidad de revitalizar y fortalecer
en todas las Diócesis una adecuada y eficaz pastoral
familiar, que ofrezca a los jóvenes una sólida formación
espiritual y afectiva, que les ayude a descubrir la
belleza del plan de Dios sobre el amor humano, y les
permita vivir con coherencia los auténticos valores del
matrimonio y de la familia, como la ternura y el respeto
mutuo, el dominio de sí, la entrega total y la fidelidad
constante.
3. Frente a la pobreza de
tantas personas, se siente como una necesidad ineludible
la de mejorar las estructuras y condiciones económicas
que permitan a todos llevar una vida digna. Pero no se ha
de olvidar que el hombre no es un simple producto de las
condiciones materiales o sociales en que vive. Necesita más,
aspira a más de lo que la ciencia o cualquier iniciativa
humana puede dar. Hay en él una inmensa sed de Dios. Sí,
queridos Hermanos Obispos, los hombres anhelan a Dios en
lo más íntimo de su corazón, y Él es el único que
puede apagar su sed de plenitud y de vida, porque sólo Él
nos puede dar la certeza de un amor incondicionado, de un
amor más fuerte que la muerte (cf. Spe salvi, 26).
«El hombre necesita a Dios, de lo contrario queda sin
esperanza» (ibíd., 23).
Por ello es preciso
impulsar un ambicioso y audaz esfuerzo de evangelización
en vuestras comunidades diocesanas, orientado a facilitar
en todos los fieles ese encuentro íntimo con Cristo vivo
que está a la base y en el origen del ser cristiano (cf. Deus
caritas est, 1). Una pastoral, por tanto, que esté
centrada «en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e
imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar
con él la historia hasta su perfeccionamiento en la
Jerusalén celeste» (Novo millennio ineunte, 29).
Hay que ayudar a los fieles laicos a que descubran cada
vez más la riqueza espiritual de su bautismo, por el cual
están «llamados a la plenitud de la vida cristiana y a
la perfección del amor» (Lumen gentium, 40), y
que iluminará su compromiso de dar testimonio de Cristo
en medio de la sociedad humana (cf. Gaudium et spes,
43). Para cumplir esta altísima vocación necesitan estar
bien enraizados en una intensa vida de oración, escuchar
asidua y humildemente la Palabra de Dios y participar
frecuentemente en los sacramentos, así como adquirir un
fuerte sentido de pertenencia eclesial y una sólida
formación doctrinal, especialmente en cuanto se refiere a
la doctrina social de la Iglesia, donde encontrarán
criterios y orientaciones claras para poder iluminar
cristianamente la sociedad en la que viven.
4. En vuestra solicitud
pastoral, los sacerdotes han de ocupar un lugar muy
especial. Con ellos os unen lazos estrechísimos en virtud
del Sacramento del Orden que han recibido y de la
participación en la misma misión evangelizadora. Ellos
merecen vuestros mejores desvelos y vuestra cercanía a
cada uno, conociendo su situación personal, atendiéndolos
en todas sus necesidades espirituales y materiales y animándoles
a proseguir con gozo su camino de santidad sacerdotal.
Imitad en esto el ejemplo de Jesús, que consideraba
amigos suyos a quienes estaban con Él (cf. Jn 15,
15).
Como fundamento y
principio visible de unidad en vuestras Iglesias
particulares (cf. Lumen gentium, 23) os aliento a
ser promotores y modelos de comunión en el propio
presbiterio, encareciendo a vivir la concordia y la unión
de todos los sacerdotes entre sí y en torno a su Obispo,
como manifestación de vuestro afecto de padre y hermano,
sin dejar de corregir las situaciones irregulares cuando
sea necesario.
El amor y la fidelidad
del sacerdote a su vocación será la mejor y más eficaz
pastoral vocacional, así como un ejemplo y estímulo para
vuestros seminaristas, que son el corazón de vuestras Diócesis,
y en los que tenéis que volcar vuestros mejores recursos
y energías (cf. Optatam totius, 5), porque son
esperanza para vuestras Iglesias.
Seguid también con
atención la vida y el quehacer de los Institutos
religiosos, estimando y promoviendo en vuestras
comunidades diocesanas la vocación y misión específicas
de la vida consagrada (cf. Lumen gentium, 44), y
alentándolos a colaborar en la actividad pastoral
diocesana para enriquecer, «con su presencia y su
ministerio, la comunión eclesial» (Exhort. ap. Pastores
gregis, 50).
5. Si bien los desafíos
que tenéis ante vosotros son enormes y parecen superiores
a vuestras fuerzas y capacidades, sabéis que podéis
acudir con confianza al Señor, para quien nada hay
imposible (cf. Lc 1, 37), y abrir vuestro corazón
al impulso de la gracia divina. En ese contacto constante
con Jesús, el Buen Pastor, en la oración, madurarán los
mejores proyectos pastorales para vuestras comunidades y
seréis verdaderamente ministros de esperanza para todos
vuestros hermanos (cf. Pastores gregis, 3), pues Él
es quien hace fecundo vuestro ministerio episcopal, que, a
su vez, ha de ser un reflejo auténtico de vuestra caridad
pastoral, a imagen de Aquel que vino «no a ser servido,
sino a dar su vida como rescate por muchos» (Mc
10, 45).
6. Queridos Hermanos, al
final de nuestro encuentro os agradezco de nuevo vuestra
entrega generosa a la Iglesia y os acompaño con mi oración,
para que en todos vuestros retos pastorales os llenen de
esperanza y de ánimo las palabras del Señor Jesús: «he
aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el
fin del mundo» (Mt 28, 20). Os estrecho en mi
corazón con un abrazo de paz, en el que incluyo a los
sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos de vuestras
Iglesias locales. Sobre cada uno de vosotros y de vuestros
fieles diocesanos imploro la constante protección de la
Virgen María Reina de la Paz, Patrona de El Salvador, a
la vez que os imparto con gran afecto la Bendición Apostólica.
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