|
Radio
Vaticana 2 aprile 2009
Il
Papa ai vescovi argentini: annuncio e testimonianza del
Vangelo, primo servizio dei cristiani al mondo
L’urgenza
di realizzare una vasta e incisiva azione
evangelizzatrice” che “porti a una rinascita
spirituale e morale” delle comunità ecclesiali e della
società è stata sottolineata stamani dal Papa durante
l’incontro con un altro gruppo della Conferenza
episcopale argentina in visita ad Limina. Il servizio di Sergio
Centofanti.
“L'annuncio e la testimonianza del Vangelo – ha
ribadito Benedetto XVI - sono il primo servizio che i
cristiani possono rendere a ogni persona e all'intero
genere umano” perché “non vi è niente di più bello
che essere raggiunti, sorpresi dal Vangelo, da Cristo. Non
vi è niente di più bello che conoscere Lui e comunicare
agli altri l’amicizia con Lui”.
“Evangelizzare – ha proseguito il Papa - è
anzitutto testimoniare, in maniera semplice e diretta, Dio
rivelato da Gesù Cristo, nello Spirito Santo.
Testimoniare che nel suo Figlio ha amato il mondo”.
Pertanto non significa soltanto “trasmettere o insegnare
una dottrina, ma annunciare Cristo, il mistero della sua
Persona e del suo amore”.
“Questo annuncio chiaro ed esplicito di Cristo come
Salvatore degli uomini – ha aggiunto - si inserisce
nella ricerca appassionante della verità, della bellezza
e del bene che caratterizza l’essere umano” e tenendo
conto che “la verità non si impone che per la forza
della verità stessa”.
Ogni attività evangelizzatrice – ha sottolineato il
Pontefice - nasce da “un triplice amore”: amore “per
la Parola di Dio, per la Chiesa e per il mondo”.
“Compito prioritario della Chiesa, all'inizio di questo
nuovo millennio, è innanzitutto nutrirsi della Parola di
Dio” che "non si può comprendere separata e al
margine della Chiesa" ma va accolta “in spirito di
comunione e fedeltà al Magistero”.
Il Papa ricorda che “la prima forma di
evangelizzazione è la testimonianza della propria
vita”:
oggi
più che mai – ha concluso – c’è bisogno di
sacerdoti, religiosi e laici santi che possano attrarre a
Cristo gli uomini del nostro tempo con la testimonianza
chiara di una vita coerente ed esemplare.
DISCORSO
DEL SANTO PADRE
Queridos
Hermanos en el Episcopado:
1. Me da
una inmensa alegría poder recibiros en esta mañana,
Pastores del Pueblo de Dios en Argentina, venidos a Roma
con motivo de la visita ad limina Apostolorum. Mi
pensamiento se dirige también a todas las diócesis que
representáis y a vuestros sacerdotes, religiosos,
religiosas y fieles, que con abnegación y entusiasmo
trabajan por la edificación del Reino de Dios en esa
querida Nación.
Deseo, en
primer lugar, agradecer las amables palabras que, en
nombre de todos, me ha dirigido Mons. Alfonso Delgado
Evers, Arzobispo de San Juan de Cuyo, quien ha querido
reiterar vuestros sentimientos de comunión con el Sucesor
de Pedro, reforzando así el vínculo interior que nos une
en la fe, en el amor fraterno y en la oración.
2. Como
en muchas otras partes del mundo, también en Argentina
sentís la urgencia de llevar a cabo una extensa e
incisiva acción evangelizadora que, teniendo en cuenta
los valores cristianos que han configurado la historia y
la cultura de vuestro País, lleve a un renacimiento
espiritual y moral de vuestras comunidades, y de toda la
sociedad. Os mueve a ello, además, el vigoroso impulso
misionero que la V Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano y del Caribe, celebrada en Aparecida, ha
querido suscitar en toda la Iglesia de América Latina (cf.
Documento conclusivo, n. 213).
3. Mi
venerado predecesor, el Papa Pablo VI, afirmaba en la
Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi que «evangelizar
es, ante todo, dar testimonio, de una manera sencilla y
directa, de Dios revelado por Jesucristo mediante el Espíritu
Santo. Testimoniar que ha amado al mundo en su Hijo» (n.
26). Por tanto, no consiste solamente en transmitir o enseñar
una doctrina, sino en anunciar a Cristo, el misterio de su
Persona y su amor, porque estamos verdaderamente
convencidos de que «nada hay más hermoso que haber sido
alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo.
Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la
amistad con Él» (Homilía en la Santa Misa de inicio
de Pontificado, 24 abril 2005).
Este
anuncio nítido y explícito de Cristo como Salvador de
los hombres, se inserta en esa búsqueda apasionante de la
verdad, la belleza y el bien que caracteriza al ser humano.
Teniendo en cuenta, además, que «la verdad no se impone
sino por la fuerza de la misma verdad» (Dignitatis
humanae, 1), y que los conocimientos adquiridos por
otros o transmitidos por la propia cultura enriquecen al
hombre con verdades que por sí solo no podría conseguir,
consideramos que «el anuncio y el testimonio del
Evangelio son el primer servicio que los cristianos pueden
dar a cada persona y a todo el género humano» (Discurso
al Congreso de la Congregación para la Evangelización de
los Pueblos, 11 marzo 2006).
4. Todo
empeño evangelizador brota de un triple amor: a la
Palabra de Dios, a la Iglesia y al mundo. Ya que a través
de la Sagrada Escritura, Cristo se nos da a conocer en su
Persona, en su vida y en su doctrina, «la tarea
prioritaria de la Iglesia, al inicio de este nuevo milenio,
consiste ante todo en alimentarse de la Palabra de Dios,
para hacer eficaz el compromiso de la nueva evangelización,
del anuncio en nuestro tiempo» (Homilía en la
Conclusión de la XII Asamblea General del Sínodo de los
Obispos, 26 octubre 2008). Teniendo en cuenta que la
Palabra de Dios da siempre fruto abundante (cf. Is
55, 10-11; Mt 13, 23), y que sólo ella puede
cambiar profundamente el corazón del hombre, os animo,
queridos Hermanos, a facilitar el acceso de todos los
fieles a la Sagrada Escritura (cf. Dei Verbum,
22.25) para que, poniendo la Palabra de Dios en el centro
de sus vidas, acojan a Cristo como Redentor y su luz
ilumine todos los ámbitos de la humanidad (cf. Homilía
en la Apertura de la XII Asamblea General del Sínodo de
los Obispos, 5 octubre 2008).
Puesto
que la Palabra de Dios no se puede comprender separada y
al margen de la Iglesia, es necesario fomentar el espíritu
de comunión y de fidelidad al Magisterio, especialmente
en los que tienen la misión de transmitir íntegro el
mensaje del Evangelio. El evangelizador, pues, ha de ser
un hijo fiel de la Iglesia y, además, lleno de amor a los
hombres, para saber ofrecerles la gran esperanza que
llevamos en nuestra alma (cf. 1 Pe 3, 15).
5. Se ha
de tener siempre muy presente que la primera forma de
evangelización es el testimonio de la propia vida (cf. Lumen
gentium, 35). La santidad de vida es un don precioso
que podéis ofrecer a vuestras comunidades en el camino de
la verdadera renovación de la Iglesia. Hoy más que nunca
la santidad es una exigencia de perenne actualidad, ya que
el hombre de nuestro tiempo siente necesidad urgente del
testimonio claro y atrayente de una vida coherente y
ejemplar.
A este
respecto, os encomiendo encarecidamente que prestéis una
atención especial a los presbíteros, vuestros más
cercanos colaboradores. Los retos de la época actual
requieren más que nunca sacerdotes virtuosos, llenos de
espíritu de oración y sacrificio, con una sólida
formación y entregados al servicio de Cristo y de la
Iglesia mediante el ejercicio de la caridad. El sacerdote
tiene la gran responsabilidad de aparecer ante los fieles
irreprochable en su conducta, siguiendo de cerca a Cristo
y con el apoyo y aliento de los fieles, sobre todo con su
oración, comprensión y afecto espiritual.
6. El
anuncio del Evangelio concierne a todos en la Iglesia;
también a los fieles laicos, destinados a esta misión
gracias al bautismo y la confirmación (cf. Lumen
gentium, 33). Os exhorto, amados Hermanos en el
Episcopado, a procurar que los seglares sean cada vez más
conscientes de su vocación, como miembros vivos de la
Iglesia y auténticos discípulos y misioneros de Cristo
en todas las cosas (cf. Gaudium et spes, 43). Cuántos
beneficios cabe esperar, también para la sociedad civil,
del resurgir de un laicado maduro, que busque la santidad
en sus quehaceres temporales, en plena comunión con sus
Pastores, y firme en su vocación apostólica de ser
fermento evangélico en el mundo.
7.
Encomiendo con especial devoción a la Virgen María,
Nuestra Señora de Luján, todos vuestros afanes
pastorales, vuestras preocupaciones y personas. A vosotros,
a vuestros sacerdotes, religiosos, seminaristas y fieles,
imparto, con todo afecto en el Señor, una especial
Bendición Apostólica.
|
|